jueves, 22 de julio de 2010

De Mendigo a Millonario

Esta es la historia de mis amigos. No es un cuento de cómo se convirtieron en ricos potentados de un día para el otro. Tampoco es un power point de autoayuda y  reflexión de esos que anuncian: “pensé que era pobre porque no tenía zapatos hasta que vi a uno que no tenía pies”.
Nadie, o casi nadie, se da cuenta cuando no tiene zapatos y se queja por eso, de que existe  la posibilidad de estar peor por no tener pies. La mente, la del  ser humano promedio, la de la persona “sana” por llamarlo de alguna manera, no funciona, gracias a dios, de ese modo. Porque si viviéramos pensando permanentemente en la posibilidad futura de no tener casa, ni comida, de ser los más pobres, los más abandonados, huérfanos, maltratados, mutilados, niños de la ya desaparecida Biafra, no podríamos seguir haciéndolo.
Entonces, lo más normal del mundo, es que no nos demos cuenta cuando somos millonarios. De eso nos enteramos cuando dejamos de serlo.
Vivimos nuestra vida como podemos, teniendo algunas cosas, deseando otras, quejándonos de nuestros hijos que no estudian, no trabajan o no se comprometen con las cosas. Peleamos con ellos, con nuestros padres y hermanos con nuestros maridos. Nos ofendemos por temas que parecen importantísimos, definitivos y extremos. Y no nos paramos a pensar, ¡ehhhh che nena,  y mirá si no vuelve, si tiene un accidente y estamos peleados, si le pasa algo! No, porque no podríamos continuar viviendo. Y por eso somos como somos.
Pero, de pronto, un día inesperado, a alguien entre millones le pasa. El mundo se le desmorona y hay que continuar porque, ahora sí, lo que sucede es importante. Un hijo se enferma gravemente, la enfermedad es rara. De todos los que por alguna causa la contraen el 95% se cura con X medicamento. Pero no funciona. De ese 5% restante el 90% se cura con  determinado otro X medicamento. Pero nuevamente no funciona. Del % restante otro porciento  se cura con una batería de varios medicamentos. Y otra vez sopa.
Se prueba todo, se investiga, se cree en esto que dice en internet, en aquello que dice alguien, se manotea lo que venga, lo que traiga, lo que sea. El mundo se trastoca completamente porque cada paso que se da es un nuevo fracaso y la idea oscura de lo inevitable se va instalando en el cuerpo y en el pensamiento. Se hace un ejercicio mental con la posibilidad casi cierta de que no exista un mañana. La tristeza es oscura, el ahogo es profundo.
Mis amigos son fuertes, son tenaces, alegres más allá del sufrimiento y como todos los que los rodean, que son muchos,  no pierden las esperanzas. Su casa está siempre abierta a los afectos y por eso la amistad y el cariño les vuelven multiplicados.  Y pareció que siempre fueron ellos los que tranquilizaban y protegían a todo ese manto de familiares y amigos que los rodeaba.
Pero un día después de muchos, muchos días de esperar y pelear, los vi cansados. Por primera vez, más allá de la incertidumbre y de los padecimientos, los vi exhaustos. Y me asusté. No es que no hubiera tomado antes conciencia de la gravedad de la situación, sino que siempre pensé, qué fuertes que son, no sé cómo hacen, no sé cómo pueden.
Y entonces, cuando todo parecía haber llegado al límite, el nudo se desató y llegó la solución y volvió la vida, y la alegría y la música (que nunca había desaparecido, pero volvió renovada con mejores sonidos) y la riqueza a sus vidas.
Yo pienso, siempre lo creí, que ellos nunca fueron mendigos. Siempre, siempre en su vida fueron millonarios.

jueves, 10 de junio de 2010

EL BOLON DE TERE

Viajando con Mariel
Cuando en el avión hacia Ecuador, el pasajero ecuatoriano que estaba sentado junto a nosotras  comenzó a asesorarnos con respecto a los sitios para ir a comer en Guayaquil, uno, por sobre todos los demás nos llamó la atención: El Bolón de Tere, él lo llamó así. Luego nos enteramos que el verdadero nombre es El Café de Tere, y para más, quedaba a pocas cuadras del hotel.
Desde ese momento nos propusimos no volver de Ecuador sin conocer el lugar, que por su nombre nos recordó a Tere, revivimos los viajes que hicimos juntas, Guatemala, los congresos en Argentina. En fin, nos pareció un buen homenaje visitar ese café, como si estuviésemos las tres juntas, de hecho lo estábamos ya que siempre la tenemos presente.
Después descubrimos que el Café de Tere es un clásico de los desayunos en Guayaquil. Su dueña, Teresa Castro Mendoza, comenzó hace casi 20 años a vender sus famosos bolones desde una ventana en su casa para incrementar sus ingresos como enfermera. Le fue bien, muy bien y dejó la enfermería por los desayunos y creció hasta poner un local.
Los días del congreso pasaron, pero el último fuimos a conocer el Café. Es un local circular y abierto. La gente hace cola en la caja para realizar su pedido, cientos de personas pasan por allí, familias enteras que acostumbran desayunar en lo de Tere. Una vez que a uno le toman el pedido, le entregan un dispositivo electrónico que debe llevar a su mesa. Cuando la orden está lista, este comienza a vibrar y brilla, entonces es el momento de acercarse al mostrador y entregar el aparatito para que la moza o el mozo nos acerquen el pedido a la mesa.
Como durante todo nuestro viaje, cada vez que salimos a comer,  no estuvimos medidas. Sorprendidas por la oferta de comidas absolutamente desconocidas para nosotras, nos dejamos tentar por una variedad de cosas, que como de costumbre no pudimos terminar.
Primero y ante todo el bolón. Viene en distinto tamaños y se compone de verde (plátano verde), chicharrones, queso o mixto. Por supuesto que Mariel no se iba a andar con chiquitas y se pidió el mixto, que quede claro. Luego unas humitas de choclo, queso y carne envueltas en hoja de maíz y cocidas al vapor (dos unidades), muchines, son unos deditos de yuca y queso que se acompañan con miel; para continuar pancitos de almidón de yuca con queso, un sanduche de jamón y queso (sándwich nuestro), yogurt con duraznos, jugo de naranja y para bajar todo, yo pedí un café grande.
Y a todo esto, tengo que decir que no probamos todo lo que allí había. Entre los platos que se ofrecían había uno llamado “Encebollado de pescado”, otro llamado “Tigrillo” que se compone de verde con huevo, leche, cebolla, manteca, queso y chicharrón. Pude comerse así o acompañado con carne o hígado. Otros son, Tortilla de Verde, Bollo de Pescado, huevos revueltos, patacones (plátano verde rebozado, aplastado y frito cubierto con queso). Y todo esto, nada más y nada menos, que para desayunar ya que Tere cierra antes del mediodía.
Para mi sorpresa me trajeron un tazón gigantesco lleno de agua caliente. ¿¿¿Y el café??? –En otras mesas había frascos de Nescafé, pensé que se habrían olvidado de traerlo a mi mesa y entre tanto se me estaba enfriando el agua. Pero, entre todas las cosas que nos habían traído, había un bonito frasco cerrado con un corchito que tenía un líquido oscuro en su interior. Se me ocurrió abrirlo y al olerlo sentí un riquísimo aroma a café. ¿Cómo usarlo, cuánto usar? Finalmente me informaron que era esencia de café concentrada y que, para semejante taza, lo correcto sería usar todo el contenido del frasco.
Comimos, bebimos, nos asombramos y nos reímos. Y así concluyó nuestra visita al Café de Tere. No terminamos la comida, no terminé el café. Casi no almorzamos ese día, por la tarde tomé solamente un té. En el avión tampoco comí. No creo que vuelva alguna vez a Ecuador, pero el  recuerdo del famoso Bolón, siempre quedará.
¡Mariel!  ¿Cuándo comemos?