miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cadena de Fracasos


Cuando aparece algo que tiene éxito se dispara el contagio como una enfermedad viral. No sé si esto pasa en todo el mundo, no tengo experiencia como para afirmarlo o negarlo. Sólo sé que sí pasa acá en Argentina. Entonces todo aquel que tiene unos pesos y no sabe cómo o dónde invertirlos se arroja desesperado tras el emprendimiento de moda.
Sucedió con los video club, duraron algunos años, varios aun sobreviven a la venta callejera y vía internet de películas copiadas y a la bajada de series y películas que realizan  los usuarios por sí mismos. Blockbuster, la cadena más grande acaba de cerrar muchas de sus sucursales dejándole paso a Ed Sullivan y sus Esclavos Camboyanos.
Pasó con las mini fábricas de galletitas que sacaban un constante flujo de galletitas  en apariencia distintas, pero todas con el mismo gusto a dudosa manteca. La gente hacía cola en la calle mientras veían pasar las galletas por cintas transportadoras hasta caer en las bolsitas de papel que se engrasaban al instante. Este negocio no tuvo  tanta suerte, de hecho a los pocos meses habían desaparecido todos sin dejar rastro alguno.
Como estas, tampoco las Donas duraron mucho en Argentina. Comenzaron vendiéndose en la cadena Wendy’s y no tuvieron éxito ni las Donas ni el propio Wendy’s, aunque debo decir que para mi gusto personal, las hamburguesas eran largamente más ricas que las de McDonalds o Burger King.
Sucedió con las pistas de patinaje sobre hielo, grandes superficies de antiguos garajes o restaurantes convertidos de pronto en gigantescas piletas heladas. Algunas  deben sobrevivir  aun en Buenos Aires, pies torcidos por las botas sucias y gastadas sumados al aburrimiento de una caída tras otra terminaron también con esta efímera moda.
Los Laverap fueron otro de estos negocios asegurados. Claro que todavía persisten en todos los barrios, pero fueron muchos los que invirtieron para verse luego rodeados de competidores en cada manzana. Laverap, Marva y otros comparten espacio con las también numerosas cadenas de tintorerías al paso.
Quién no jugó al paddle en la cancha de al lado de su casa. Cualquier propietario con buen fondo en cada barrio porteño supo sacrificar el verde para explotar a cambio una mina de oro, quién podía pensar que tanta euforia sería pasajera. El furor por este deporte nos alcanzó a todos hace 20 años. Hoy en día no conozco a nadie que lo practique y las canchas que había debajo de las autopistas pasaron a ser la vivienda de cantidad de personas sin techo.

Con el 1 a 1 y la importación abierta a cualquier cosa prosperaron los “Todo x 2 $”. En ellos podíamos encontrar prácticamente cualquier cosa a precios de remate,  y aunque fuesen cosas inservibles cautivaron la atención de todos nosotros. El premio se lo llevaban los juguetes chinos que no duraban ni dos minutos después de sacarlos del paquete y ayudaron a destruir una próspera industria local. Hoy sobreviven muchos de estos negocios transformados en inmensos bazares aunque los precios escalan un poco más allá de los soñados 2$.

Podría seguir nombrando varios negocios más, como los call center, los cyber, y hasta las ferias de trueque que nos invadieron allá por la crisis del 2001 y que terminaron bastardeadas por la incorregible viveza criolla cuando a algunos se les ocurrió falsificar la moneda  que se utilizaba.
Ahora, aunque no tan notorios porque no son una cadena  ni están tan a la vista de todo el mundo, abundan los bares-restaurantes donde comer un brunch (moda importada de USA) o desayunar- almorzar-merendar de una forma moderna o distinta si se quiere. Buscando ser atractivos para algunos ciudadanos de Buenos Aires, los dueños de estos locales salieron en masa a conseguir mobiliario usado, algunas veces antiguo, piezas de vajilla variada, cachada en muchos casos y grandes tazones al estilo francés para el café con leche. Los salones son en general despojados, los pisos de madera o cemento alisado, los techos de bovedilla, las paredes con pequeños pizarrones que anuncian el menú escrito con tiza de colores.
Si en las paredes había un agujero se lo agrandó un poco más dejando los ladrillos a la vista. Enormes mostradores de madera nos remiten a los viejos almacenes de barrio. Un estilo atractivo y novedoso, hasta que uno recorre tres o cuatro y entonces empieza a aburrir. La cosa empezó con Oui Oui hace unos años y ahora es furor. Aparecen en cada esquina de los barrios de Palermo y Chacarita. Pan casero, mermelada casera  y repostería europea son imprescindibles. Huevos revueltos y jugos de varias frutas y verduras ineludibles. La atención, en la mayoría de los casos deplorable. Tal vez se buscaba un estilo distinto que hiciera juego con lo diferente del lugar. Hoy en día nadie soporta a estas chicas de estilo lánguido y abiertamente antipáticas ni a los muchachos despectivos haciendo el favor de atenderte. Masa Madre es un típico ejemplo de esto y parece que no tienen intención de revertirlo.
Sin embargo en algunos de estos bares la actitud fue cambiando. Quizá debido a las reiteradas críticas de la gente en espacios de la web como Guía Oleo o Via Resto. Le Ble es uno de ellos. Si bien la gente se veía tentada a regresar por la calidad de lo que ofrecen, una de las críticas reiteradas era en relación al servicio. En los últimos tiempos dieron un giro positivo en este aspecto. Y allí están, al parecer afianzados en el rubro.
Como incansable buscadora de lugares distintos para ir a desayunar o tomar una rica merienda, seguiré caminando y esperando a ver cuál es el próximo invento de mis queridos hermanos compatriotas, mientras tanto habrá que conformarse con la moda de turno.
Cualquier novedad o cambio les aviso.




martes, 12 de octubre de 2010

EL VIEJO Y EL SETTER

La tarde se torna dulce en la confitería de Villa Urquiza. Las señoras saborean las tortas y los sándwiches servidos en pequeñas bandejas de acero inoxidable, el café humea junto a las jarritas plateadas que contienen el agua para el té. La edad de los concurrentes no baja de los 70 años, las voces se adivinan tras los vidrios del lugar. Está repleto, como todos los fines de semana, nadie mira hacia afuera, todos se concentran en las cucharas y la crema.
El setter es muy viejo, viene caminando lentamente, cada paso le cuesta y su cuerpo se tambalea hacia un costado. No puede andar derecho, la cabeza echada hacia un lado, las patas débiles intentando sostener el flaco peso de su cuerpo. Ya no es rojo el pelaje de este setter irlandés, cae a los lados del cuerpo desteñido y fino. El setter perdió el porte elegante de cazador, ya no sueña con los patos que nunca persiguió por ser un perro de departamento, ya sólo intenta llegar al árbol para hacer sus necesidades.
Trata, por costumbre, de levantar la pata para orinar, pero esta se separa apenas unos centímetros del piso para volver a caer inmediatamente. Vencido se apoya sobre sus cuatro patas temblorosas y mea como hembra, sus ojos tristes parecen avergonzarse de su condición de macho derrotado por el tiempo.
Lentamente continúa su camino pasando frente a la confitería, no puede levantar la cabeza tambaleante, simplemente persigue algún olor ya prácticamente imperceptible para su vieja nariz.
Entonces aparece en escena el viejo. Es alto para su edad. Aun elegante y erguido en su condición. Camina despaciosamente ayudado por un andador. Levanta ambos brazos, apoya el andador unos centímetros delante de sus pies y da un paso, nuevamente levanta el andador, lo apoya, con esfuerzo da otro paso. Camina delante del bar, no mira para adentro, su mirada se dirige al setter. Entonces detiene su marcha, su rítmico andar de metal y hueso, y se dedica a observar al perro.
El setter no llega muy lejos, tan sólo un árbol más, un nuevo intento de levantar la pata. Entonces regresa sobre sus pasos, tembloroso y cansado. El viejo lo observa y no se mueve. Obstruye la puerta de la confitería y los que salen deben contorsionarse para pasar. Nadie le dice nada al viejo, quién sabe qué le pasa, tiene un andador, tal vez esté cansado.
Él continúa allí mirando con detenimiento al setter. Cuando el perro pasa a su lado dice como para sí mismo: ¡Pobre, cómo le cuesta caminar! Y el dueño contesta resignado: “Ya no puede más”. No se detiene frente al hombre y acaso ni se percata de su condición, viejo y perro hermanados por el paso del tiempo.
Cada cual sigue su camino y cuando el setter desaparece de su vista el viejo adelanta el andador y vuelve con lentitud a su trayecto. No entra en el bar donde las señoras rescatan las últimas migas del plato con ojos golosos y melancólicos.
La tarde se abandona en la calle del barrio y entonces yo también prosigo mi camino.